
Carolina madre, Carolina hija. La madre habla sin parar, la hija calla. La
madre sigue hablando, y la hija desea estar sorda
o que su madre se
quede muda. Dos mujeres que se atraen y se repelen, en una relación
necesaria, difícil, agridulce. La obra reproduce -en tono de melodrama-
la simbiótica relación de ambas, en la que un tercero en discordia
puede hacer colapsar ese pulcro universo de la anodina rutina diaria.
Excelente el personaje de Martina de Marco, cuyas expresiones, tonos de voz
y formas de tratar a su hija -a la que nunca dejará de sobreproteger-
tienen momentos de ácida comicidad. Miguel Olivera, por su parte, destaca
por su capacidad de hacer tangible y corpórea esa incomodidad que se
hace patente cuando una hija presenta a su novio ante la mirada cruel y escrutadora
de la madre.
La ambientación se basa en pequeños elementos que mezclan lo
kitsch con la tristeza producto de la soledad en que ambas viven: la persiana
rota sostenida por un secador de piso, dos eternas reposeras ochentosas (esas
de caño tapizadas en tela, generalmente con estampado floreado) y una
multitud de revistas desparramadas por el piso sumergen al espectador en la
cruda intimidad de dos mujeres vacías, a la espera de un príncipe
azul que les cambie la vida. Aunque ese príncipe toque el charango
y no tenga idea de lo que significa aquella frase en inglés de Elvis
Presley que Carolina hija canturrea detrás de la puerta.
María Pilar González
Duración: 1 hora 10 min aprox.
Versión y dirección: Andrea Chacón Álvarez
Elenco: Carolina Hija, Andrea Vázquez
Carolina Madre, Martina de Marco
Esteban Naranjo, Miguel Olivera